La vida es un pro­ce­so alquími­co que tiene al uni­ver­so como provee­dor de respues­tas a nues­tras necesi­dades. Cada vida es úni­ca, cada camino es irrepetible, cada uno de nosotros debe encon­trar sus respues­tas.

Así como admi­ramos a numerosos per­son­ajes por sus logros, sus luchas, sus recor­ri­dos, así exis­te una may­or can­ti­dad de per­sonas anón­i­mas, como tú y como yo, que vivi­mos, día a día, nue­stro tran­si­tar por nue­stros pro­pios caminos crea­d­os y re-crea­d­os a nue­stro anto­jo. Son aquel­las imá­ge­nes, ejem­plos, prue­bas de que lo divi­no exis­te pero que no deben ni pueden con­ver­tirse en mod­e­los a repli­car ni seguir porque cada vida es úni­ca, mar­avil­losa, con cien­tos de encru­ci­jadas y miles de deci­siones úni­cas que tomar.

La vida de Car­los Castil­lo es uno de esos recor­ri­dos úni­cos reple­to de paisajes mem­o­rables. Un rela­to de altiba­jos en los que unas veces prevale­ció la opinión de los otros, la del entorno, la de los com­pañeros, la de su famil­ia, y otras veces, en las últi­mos años, la suya, la propia, la con­scien­te, la del corazón, la de la intu­ición.

Car­los nos invi­ta a cono­cer sus apren­diza­jes, sus pro­ce­sos, sus respues­tas, como quien invi­ta a un amigo a entrar a su casa a cono­cer sus obje­tos, sus recuer­dos, sus pen­samien­tos más ínti­mos. Así entramos en la vida de un bar­quisimetano que, al igual que tú y yo, tiene algo que con­tar, algo que com­par­tir.

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